Bendito pecado
- Paula César

- 8 feb
- 5 Min. de lectura
No solemos darnos cuenta de lo hundidos que estamos hasta que ya no vemos nada. Me pasó esta semana. Recordé —una vez más— que el proceso es cíclico. Y perfecto.
Año nuevo
Mi año no comienza el 1 de enero, sino en el equinoccio de primavera. El inicio del año zodiacal.
Hace años avisé que no contasen conmigo para las "fiestas". No me reúno con la familia, ni con amigos. No creo que tenga nada de malo hacerlo. Simplemente, ya no lo hago.
Una sola cosa me importa de ese momento: la celebración del solsticio de invierno que hacemos en la escuela, porque nos recuerda que la Luz siempre triunfa sobre las tinieblas.
Sin embargo, aún habrá que atravesar el invierno —real y simbólico—. Aunque el sol haya iniciado su regreso, el frío se concentra en esta hemisferio. Y aun cuando cada día alumbra un minuto más, nosotros solo percibiremos más frío. Paradojas divinas.
Renaceremos
Hasta que llegue el equinoccio de primavera se despliega un tiempo de intensidad particular. Etapa final de un ciclo. Balance. Purificación.
A medida que la luz aumenta, vemos con mayor claridad nuestras propias impurezas. Se potencian reactividades. Emergen patrones automáticos del ego que todavía no hemos logrado calcinar en el fuego del Espíritu. Nuestro atanor interior muestra los grumos de una materia prima que aún necesita purificación.
Resistir a los problemas solo traería más dolor.
La Realidad es benevolente: siempre invita a la observación interior. A la corrección que nos llevará más cerca de la paz eterna.
Hundimiento cíclico —necesario—
Hacía semanas que la cosa estaba intensa. Un proyecto con alumn@s. La organización de un nuevo nivel de profundización en la Escuela. Decisiones, acciones concretas, problemas técnicos, urgencias.
Cuando quise darme cuenta, lo “urgente” lo había tomado todo. Fagocitó mi rutina de la mañana: meditación, lectura, contemplación. Me encadenó al móvil. Incluso se devoró mi shabbat, ese lapso semanal sagrado —y sumamente necesario para el alma— en el que me desconecto por completo del mundo externo para recordar lo Real.
Siempre él
El ego se había disfrazado de “cosas urgentes e importantes” y había entrado en el templo interior. Desplazó lo verdaderamente importante: la práctica cotidiana. La contemplación de Dios.
(Me disculparás si no eres teísta. Comprenderás que Dios es una palabra comodín. Escribir «la contemplación de la inteligencia supremamente inteligente y benevolente que se manifiesta en todo suceso y dimensión de la existencia y que, si es contemplada, revela su bondad y una luz inefable de dicha que disipa toda tiniebla» es pesadísimo. Es más ecológico decir Dios. Y nos entendemos).
El caso es que ese ego, disfrazado de lo que más me importa, había comenzado incluso a minar la dicha de realizar mi labor sagrada.
La llamada
Oí la voz de mi conciencia. Vi el caos y recordé una frase del Un día a la vez de hoy: «Cuando observamos con honestidad, la corrección en nuestra conciencia es inevitable». Y Así fue.
El sábado lo dediqué entero a una limpieza ritual. Nada magufo. Sencillamente, tomar conciencia de que la mugre que se había acumulado en mi hogar era una expresión directa de la mugre que yo misma había permitido que se acumulase en mi interior.
Limpié mañana y tarde. En silencio.
No es porque limpié que me sentí mejor. Es al revés: cuando volví a la conciencia, afuera todo comenzó a ordenarse. A medida que regresaba a mi centro, el mundo exterior se centraba, se ordenaba, se limpiaba.
Oxígeno
En esa meditación prolongada —quitar polvo, retirar basura, recitar la oración que me recuerda el anhelo de vivir en lo Real— mi alma empezó a respirar otro aire. La estaba rescatando del dominio del ego que la asfixiaba.
Volver al centro exigió lo de siempre: móviles apagados, nada de mensajería instantánea. El ordenador volvió a encenderse recién a la hora de la meditación que facilitan l@s alumn@s. Leyó un comentario sobre El tratado de la unidad. El texto decía —¡qué justo!— que renunciar es, en verdad, dejar lo que no es.
Pero el ego no quiere renunciar a nada. Ni siquiera cuando lo que sostiene es dañino, injusto o falso. Resistí a sus argucias y, en una estocada final de la Luz sobre la oscuridad, renuncié conscientemente a este Satán de la urgencia, de la inmediatez.
Nada es tan urgente como mantenerse en lo Real. Y eso nunca se encuentra afuera.
Volver
Un famoso tango dice: «siempre se vuelve al primer amor». Hoy creo que todo habla de lo mismo, aunque cada cual lo interprete según su propia experiencia interior. (Huston Smith dijo algo parecido en una entrevista)
«El primer amor» —el Amor— es uno y el mismo para cada alma. Se encarna en hijos, parejas o misiones de vida, pero lo que es el Amor no tiene forma ni nombre. Es lo que sostiene todo. Lo que nos llama a volver a nuestro centro. Su Centro.
He regresado a mi amor. Mi hogar vuelve a ser un paraíso. Blanco. Diáfano. Limpio. Puro.

He salido voluntariamente del infierno de la urgencia. Después de semanas de lluvia, nieve y nubes, providencialmente, afuera también salió el sol. Un guiño supremo a la tarea cumplida—la única que en verdad importa—.
Nunca empieza por fuera. Siempre por dentro.
Lo que queda: la lección
Meternos en las labores del mundo exterior siempre arrastra. Es parte del proceso.
Salva tener un marco teórico coherente que nos permita recordar lo importante, y una práctica constante —hace que cada vez cueste menos regresar al centro numinoso interior—.
Salva también —y sostiene— la comunidad espiritual. En este caso, el viernes, el comentario de un alumno activó algo dentro mío. Me contó que estaba cansado, estresado, y que intentaba tomarse las cosas con más calma. Estaba respondiendo menos mensajes.
La luz de su conciencia me ayudó a iluminar mi propio tropiezo de estos días. Y esto me recuerda la bendición de caminar junto a otros.
Al final, como vemos, el error tiene una función sagrada: mostrarnos que hemos errado el pie del camino para que volvamos a él cuanto antes.
*La palabra pecado — del latín peccatum—: tropiezo, paso en falso. En griego, hamartía: errar el blanco.
¿Lo ves? el pecado es solo eso. Errar para que la conciencia rectifique.
Feliz regreso al centro, al verdadero Amor de tu alma.
P.C
1/2/2026
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© Paula César.
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