Unidad trascendente: Ética espiritual y respeto a la diversidad religiosa
- Paula César

- 8 feb
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Actualizado: 1 may
Paula César
Introducción
La no dualidad no consiste en negar la experiencia humana dual, sino en integrarla en la vivencia de la Unidad trascendente.
Bien y mal, luz y oscuridad, unión y separación no constituyen principios absolutos ni realidades independientes, sino expresiones relativas que emergen dentro de un mismo orden trascendente.
Sin embargo, una comprensión ingenua de esta experiencia puede conducir a distorsiones que llegan incluso a justificar o trivializar el mal y la crueldad bajo fórmulas simplificadoras como «todo es Uno» o «todo es perfecto». Cuando la no dualidad se reduce a una consigna conceptual y se elude su dimensión de sabiduría experiencial, corre el riesgo de convertirse en un discurso espiritualmente irresponsable.
No dualidad puede entenderse como una comprensión —o intuición y experimentación— de la Unidad subyacente —y trascendente—que reconoce, más allá del pensamiento discursivo, que todo acontece dentro de un orden mayor del que formamos parte y del cual no estamos separados. No obstante, mientras la conciencia humana se vive a sí misma en una condición fenoménicamente dual, los símbolos duales cumplen una función insustituible: permiten orientación, discernimiento y maduración interior en el propio camino hacia la experiencia no dual —paradoja divina—.
Por ello, las polaridades que se presentan en este artículo no deben interpretarse como realidades separadas, sino como aspectos diferenciados de un mismo trasfondo unitario. Son necesarias para que la mente humana, que inicia su comprensión desde la evidencia inmediata de la polaridad, pueda orientarse en su proceso hasta, finalmente, integrarla y trascenderla en una no dualidad genuina y encarnada.
Este artículo explora la función de las religiones, los símbolos y la polaridad (dualidad) a la luz de la Unidad trascendente, desde la cual se hace posible una ética espiritual respetuosa de la diversidad religiosa y una comprensión no dual encarnada y responsable.
El regalo de la experiencia
Un participante de un grupo de práctica espiritual que coordino, en el que conviven diversas creencias religiosas —y no religiosas— compartió un regalo de Navidad con sus compañeros: un poema de su autoría y un audio en el que expresaba lo que para él ha representado, desde niño, la Navidad. La poesía era puro amor y ternura y él, sin saberlo, estaba siendo un testimonio viviente de cómo esta celebración de la natividad de Cristo puede inspirar a un alma. Para mí fue una sorpresa, porque nunca había sentido una expresión crística tan tangible en una persona.
Este hecho me inspiró a una reflexión sobre la importancia de las religiones y de sus celebraciones —técnicamente exotéricas—.
Las religiones y el camino hacia la Unidad
En el enfoque perennialista tradicional —cuyos exponentes principales podemos citar a René Guénon, Frithjof Schuon y Ananda Coomaraswamy— las religiones, en su forma exotérica, constituyen un aspecto fundamental del camino iniciático —o esotérico—, es decir, del camino interior que conduce a la participación consciente en la realidad divina y al reconocimiento de la Unidad trascendente.
Por el contrario, el discurso espiritual moderno dominante tiende a deplorar toda religión. Este rechazo parte de una realidad: que las estructuras religiosas han sido, con demasiada frecuencia, instrumentalizadas por seres humanos codiciosos o psicopáticos para dominar y detentar poder. Sin embargo, las religiones son necesarias.
Son necesarias porque preservan los símbolos, y es a través del símbolo —y no del concepto— que el sujeto puede acceder al Espíritu interior.
Tal es el caso de nuestro compañero y su regalo de navidad: al integrar desde joven el símbolo del nacimiento de Cristo, este ha operado como un puente hacia su alma, dando lugar a una experiencia interior que, por su propia naturaleza, es incomunicable con palabras, pero que se traduce en un profundo amor al prójimo, entrega y una ternura indescriptible.
Este ejemplo muestra con claridad el funcionamiento y la importancia del símbolo en el conocimiento de aquello que no puede ser nombrado, así como de las religiones como expresión natural y necesaria de esa mediación simbólica. Y no cabe aquí el cuestionamiento sobre la literalidad o historicidad del símbolo, puesto que, como dice Joseph Campbell, en El héroe de las mil caras:
«No nos importa mucho que Rip Van Winkle, Qámar al-Zamán o Jesucristo vivieran o no. Lo que nos concierne son sus historias (...) que este o aquel portador del motivo universal haya sido un personaje histórico y viviente es del todo secundario. Hacer hincapié en dicho elemento histórico lleva a confusión y ofusca el mensaje simbólico.»
Las religiones formales —exotéricas— son parte de un devenir natural. Todo núcleo metafísico tiende a “crecer” y a “expandirse”. Dicho de otro modo, todo origen sin forma —Tao, Brahman, Deus absconditus—, como centro, tiende a exteriorizarse y a devenir en forma: la periferia del círculo, expresada en los diversos dioses, mitos y ritos. Estas formas externas cumplen una función. El término «periféricas» no tiene aquí otro valor que el de una descripción fenomenológica —y simbólica— del modo en que lo metafísico se manifiesta en lo físico. No implica menor importancia; por el contrario, como se ha señalado, se trata de instancias válidas y necesarias que responden a la ley de manifestación de la existencia.
Los símbolos, ritos y liturgias exteriores resguardan —recubren— el núcleo esotérico —interior, metafísico e incomunicable mediante el lenguaje humano—. Permiten que la persona se adentre, gradualmente, en las dimensiones interiores de su tradición, que son a la vez el interior de su alma —o deberían serlo—. Al profundizar su búsqueda en esa dirección, la iniciación permite trascender las formas y reconocer los puntos de unión con el resto de las tradiciones.
Hoy, en la mayoría de los casos, las religiones parecen haber perdido esta conexión con el núcleo espiritual y su capacidad conductora hacia los planos internos. Las formas exotéricas se desprenden del árbol de la Sabiduría, desconectándose —al menos en lo aparente— de su propio origen, como una hoja seca que cae del árbol y pierde contacto con aquello que le daba vida.
La propia naturaleza de los ciclos cósmicos nos presenta una etapa actual de alejamiento del centro numinoso, donde la fuerza contraria al Bien, la Verdad, la Belleza y la Justicia —de carácter disgregador y separativo— alcanza su máxima expresión.2
Toda persona de vivencia mística o iniciada, sea cual sea su vía, al aproximarse al Centro numinoso converge con los místicos e iniciados de otras tradiciones. Ontológicamente, es más hermana de un místico o iniciado de otra tradición, que de los extremistas dogmáticos de la propia.
En la tradición esotérica occidental se suele relatar la leyenda de Alejandro Magno, a quien, por su supuesto alto grado de iniciación, se le permitía ingresar en templos de religiones ajenas y participar de sus ritos. Esta leyenda viene a representar que un iniciado ha integrado los símbolos universales y puede vivirlos con respeto y reverencia interior, independientemente de la forma que adopte el culto o del nombre que reciba el Dios, pues el Misterio se revela en el interior, no en la forma.
Una persona que vivencia la no dualidad, la iniciación, o la experiencia del Misterio, respetará todas las tradiciones y llegará a comprender que lo que se entiende por “religión” no es el problema. Nunca lo fue.
El problema es el Satán, entendido aquí no como una figura moral, sino símbolo dual de la fuerza ontológica opositora del Bien —que se manifiesta en egoísmo, deseo de dominio y control, incoherencia, mentira, dogmatismo y fanatismo—. No es la religión el problema; es el Satán operando dentro de la religión.
En un «paraíso terrenal» —donde esta fuerza no ejerciera el grado de influencia que hoy detenta y donde las personas no vivieran en tal nivel de ignorancia espiritual y ontológica— esta fuerza de naturaleza separatista y fragmentaria no podría actuar con tanta facilidad —ni en los individuos ni en las instituciones—. En ese contexto, las formas externas (religiosas) existirían —y coexistirían— sin que ello supusiera ningún tipo de problema.
Quien encarna la iniciación —o la no dualidad, entendida aquí como la integración psicológica y espiritual en la unidad trascendente de la realidad— no demoniza instituciones, personas, religiones o ideas. La tendencia a colocar al enemigo fuera —en el Estado, el islam, el catolicismo, el capitalismo, el comunismo, la derecha, la izquierda, etc.— constituye una de las estrategias distractoras más eficaces de esta fuerza universal opositora.
El problema no es el Estado, sino el Satán en el Estado, que lo corrompe. No es el islam, sino el Satán en el islam, que lo radicaliza. No es el capitalismo, sino el Satán en el capitalismo, que utiliza sus bases de verdad para alienar y canibalizar a la humanidad.
Esto, respecto al sujeto, equivale a afirmar que no es la persona en sí, sino el principio ontológico de ignorancia fundamental que opera en ella, lo que la lleva a actuar de forma incoherente y destructiva. No es la totalidad de la persona la que hace daño, sino el principio ontológico contrario al Bien, al que el individuo permite operar —consciente o inconscientemente— y que le conduce a la destrucción.
Conclusión
Desde esta perspectiva, el discernimiento espiritual consiste en reconocer el lugar y validez de las formas religiosas en su debido contexto, como también su función y sus límites. Las religiones, los símbolos y las tradiciones no son fines en sí mismos, sino mediaciones que, cuando permanecen unidas a su núcleo numinoso de Verdad, pueden conducir al alma hacia el encuentro con lo trascendente. Cuando se separan de él, se vacían del númen y se vuelven terreno fértil para la fuerza opositora, degradando la armonía de la realidad vivida.
La tarea del caminante no es, por tanto, pretender que no existan las religiones sino, en todo caso, vivirlas con conciencia, atravesarlas con respeto y no confundir el símbolo con aquello que simboliza. En palabras de Campbell: «Los símbolos son solo la letra del mensaje; no hay que confundirlos con el término al que en última instancia remiten». Cuando esta confusión se produce «puede llevarnos al derramamiento no solo de tinta carente de valor, sino también de sangre inestimable».
La ética que se desprende de esta comprensión es clara: respetar las formas religiosas en tanto mediaciones legítimas del encuentro con lo sagrado, resistir la tentación de proyectar el mal fuera y asumir la responsabilidad interior de sostener la luz del Espíritu —que es Uno y el mismo en todos— independientemente de la forma en la que se manifieste.
De ese modo, la vida espiritual deja de ser discurso, identidad egoica o acción fragmentaria, y se convierte en experiencia encarnada, cuyo criterio ineludible es la orientación hacia la Unidad y el reconocimiento de la fraternidad universal.
1
A fin de evitar toda lectura personalista o basada en posibles gustos o tendencias personales, una breve nota aclaratoria: esta servidora no adscribe a ninguna religión en particular y no ha recibido lo que se entiende comúnmente como «formación religiosa» en ninguna etapa de su vida.
El principio de separación y disgregación ha sido simbolizado, tradicionalmente, mediante el término Diablo, entendido no como entidad literal, sino como designación simbólica del movimiento opuesto a la Unidad. El término procede del griego diábolos, derivado de diabállein, que significa «separar», «desunir» o «arrojar en direcciones opuestas», en contraste con symbolon —símbolo—, cuyo significado es «poner juntos», «unir» o «coincidencia». De modo análogo, el término Satán, derivado del hebreo ha-śāṭān («el adversario»), designa originariamente una función de oposición —una dirección contraria— no una entidad independiente, antes de su posterior personificación y fijación exotérica. Otro símbolo en el mismo sentido puede encontrarse en la figura de Lucifer, interpretada en la tradición cristiana como rebeldía frente a la Ley divina.
Bibliografía:
Campbell, J. (2003). El héroe de las mil caras. Atalanta.
Coomaraswamy, A. K. (2007). La paternidad espiritual y el complejo de marioneta. Sanz y Torres, Ignitus.
Eliade, M. (1991). Mito y realidad. Labor.
Laude, P. (2016). Spirituality in a postmodern age: Challenges and questions. En R. Zas Friz de Col (Ed.), Transforming spirituality (pp. 591–608). Peeters.
Schuon, F. (s. f.). De la unidad trascendente de las religiones. Texto consultado en formato PDF desde nodualidad.info. https://www.nodualidad.info/recursos/pdf-libros/De-la-unidad-trascendente-de-las-religiones.pdf
Smith, H. (1987). Is there a perennial philosophy? Journal of the American Academy of Religion, 55(3), 553–566.
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© Paula César.
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Excelente artículo, muy claro. Gracias por compartir.