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Lo que nos imanta

11 oct
6 min de lectura

Actualizado: hace 6 días

Vocación, verdad y sentido de la vida


«La vida adulta me hizo olvidar mi propósito», dijo una joven de nombre triunfal con quien tuve una conversación esta semana.


«Propósito» es el término moderno que usan los influencers en los reels, pero no nos detengamos en las diferencias superficiales. Pongamos el foco en el fondo, en lo que nos une: lo que esta persona quería decir es que se está dando cuenta de que desoye su vocación (del latín vocatio, «llamada»). Su llamada interior, en este caso, hacia el arte. Siente que se le está yendo la vida y que no está haciendo lo que "debería hacer".


Es en vano que le diga que la vida comienza a los cuarenta y que todo lo anterior es una preparación. Ningún efecto surtirá si le digo que evite pensar en lo que hay más allá del horizonte. Que es imposible comprender el destino cuando apenas se ha partido de la orilla.

La ansiedad por divisar la tierra lejana no solo es inevitable, es necesaria. ¿Cómo podría, si no, experimentar algún día el placer de descubrir que lo que buscaba viajaba con ella en la barca?

Solo puedo ofrecerle el alivio de, por un instante, no sentirse tan sola, tan fuera de lugar, tan extraña en esta tierra.


Platón, maestro de la reminiscencia, obliga al alma a recordar. Algunas corrientes gnósticas de los primeros siglos eran explícitas respecto a sentirse extranjeros en el mundo. Nada novedoso. La oigo lamentarse reconociendo lo que sentimos muchos de nosotros.


El fondo que llama

Algunas almas tienen una profundidad que toca lo real. Aunque estén sumidas en un infierno, tienen tanta verdad que son pura vida. Hablar con esta joven y sentir su verdad infernal me recordó el amor que estos días se me despertó por los objetos antiguos. De joven, veía esa fascinación de algunos como un vicio del alma, una inclinación exagerada hacia los objetos, que no podía ser más que una especie de idolatría (no usaba la palabra «idolatría» entonces, pero mi intuición iba en ese sentido).


Envejecer es bello porque permite recorrer el territorio que un día miramos de lejos con prejuicio. Da la posibilidad de advertir la propia soberbia juvenil, tanto más segura cuanto menos sabía, y captar una verdad más honda.


Sigo pensando que una exagerada inclinación hacia los objetos es un vicio del alma, que la ata a lo ilusorio. Pero ahora veo un trasfondo más allá de mi propio sesgo juvenil. El mismo fondo del alma de la joven. Ese fondo es la verdad inasible. Lo que nos enamora. De las personas, los lugares y las cosas. También lo que nos vuelve adictos a las formas, al confundir la figura con el fondo.


No son las personas, ni los lugares, ni las cosas lo que el ser humano busca. Es la verdad, en cualquiera de sus formas. Lo que el fondo del alma intuye y por eso se imanta, sin fuerza de razón que pueda oponerse. El amor es eso: el imán de la verdad imantándose a sí misma. De fondo a fondo, para terminar advirtiendo que son lo mismo. (¿Puedes creer que el corrector ortográfico me marca la palabra «imantándose» como error? Me propone cambiarla por «limitándose». Qué símbolo de los tiempos.)


La conversación me llevó entonces a un reloj que compré la semana pasada. Uno redondo, de mesilla, que cabe entre mis dos manos. De metal plateado, con agujas. Hace un sonido antiguo, tic, tac. Cada tic tac es un segundo, hasta que se acaba la cuerda y hay que volver a girar la llave para darle nueva vida. La alarma suena golpeando los costados de la carcasa desde dentro (¡trrrrrrrr!). Lo compré por pura practicidad y sin ningún amor a lo antiguo, para poder apagar el móvil de noche y los fines de semana, y poder prescindir de su despertador.


Cuando lo saqué de la caja me fascinó. Algo de su materia, de su sonido, me imantó. La agujita del segundero al compás del tic tac, tic tac, tic tac. Los números arábigos. El metal que no es plástico imitando metal. Las cuerdas, el sonido de las cuerdas al girarlas, clac clac clac clac.


Pero hay algo más que no sé describir, por mucho que mi cerebro se vea inclinado a encontrar patrones. Definirlo le quita el alma. El contacto de los materiales en las uniones, el brillo verdadero. El movimiento de las partes al tocarlas, el asa superior, móvil, cuando cae hacia delante o hacia atrás... El cristal de la esfera, que se mueve un poco y golpetea con los bordes internos. No es nada de eso lo que me despierta el amor y la fascinación. Es, sencillamente, que el objeto tiene más verdad. Hay más verdad en este reloj que en cualquiera que se fabrique hoy en día. Imanta porque la verdad se imanta consigo misma. (Aquí el corrector me proponía cambiar «imanta» por «imputa». Parece chiste, pero es la cruda modernidad.)


Hoy casi todo ha cedido al valor supremo de la rentabilidad: la cantidad por sobre la calidad. Se ha perdido sabor, sustancia y verdad. Todo se artificializa para aumentar supuestos beneficios. ¿Qué beneficio puede haber en vaciar de verdad la existencia?


Así, las almas se van acostumbrando a lo sucedáneo de lo que un día las conmovió. No debiera extrañar entonces el vacío existencial, la falta de sentido, el tenerlo todo y aun así sentir de fondo una constante ausencia.


Hoy puedo entender a mi abuela Celia cuando, aun sin haber estudiado los ciclos cósmicos, decía: «Todo se está degradando». La pobre no podía evitar que se le subiera el labio de costado y se le apretara la garganta con una arcada al tocar la tela de la ropa en las tiendas. Supervisaba la textura y las terminaciones, y me decía en voz baja: «Porquería. Es todo una porquería». Ni en las tiendas más caras encontraba ella satisfecho su recuerdo de lo que había conocido como real.


En el fondo, ella buscaba lo mismo: algo de la verdad que conoció en un tiempo pasado y que, por degradación natural de la modernidad, veía convertido en artificio. Se vaciaba de sustancia y se vendía como "mejora", "progreso", "evolución". Un marketing tan bien orquestado que acabamos adorando lo cutre (lo falto de verdad).


La joven me dijo: «Qué envidia, me dan ganas de tener un reloj de esos».


En otra conversación de esta semana, un amigo teólogo reflexionaba sobre cómo espacios como los nuestros son «espacios de resistencia». El mismo tema aparecía sin buscarlo. La degradación, en este caso, de las mentes y de su capacidad para enfocarse en lo que les interesa. La dificultad para sostener algo de lo verdadero.


El fenómeno es claro. En términos de mi amigo, la «lobotomización» que producen las redes y la tecnología. El aparente confort nos ha robado el tiempo que prometía ahorrarnos. Hoy en día es una prueba iniciática el sostener la atención en algo que no dé un placer instantáneo. Hasta las personas más sensibles e inteligentes viven corriendo sin saber bien hacia dónde.


La muchacha me preguntó cómo hacía yo para no sufrir la soledad. Fue una pregunta difícil con una respuesta fácil: no la siento. Le expliqué el fenómeno de la falta de marcos comunes. Hay tanto de todo —información, teorías, estudios científicos y académicos, filosofías, ciencia, espiritualidades, técnicas, métodos…— que a las personas se les hace imposible encontrar espacios de sentido compartido donde un lenguaje común les permita sentir que comparten algo más profundo (y que pueden sostenerlo en el tiempo). Espacios donde, a pesar de las diferencias aparentes, puedan sentir que hay una verdad mayor que las contiene. «Es exacto lo que siento», confirmó.


Su pregunta sobre la soledad y la explicación que improvisé me hicieron dar cuenta de que estoy en uno de esos espacios y de que, probablemente, sea eso lo que hace que algo tenga sentido en medio del sinsentido más bestial de la historia de la humanidad conocida. Tal vez sea ese el motivo por el cual el mundo no logra devorarme con sus exigencias, artificios y espectaculares sucedáneos de la verdad.


Y comprendí, recordando algunos gestos y comentarios, que a las personas tal vez les pase con un espacio así lo mismo que a mí con el reloj antiguo. Esa sensación de «esto no encaja con lo que conozco, pero me recuerda una verdad lejana y familiar, que despierta en mí el amor y la esperanza».


Ese tipo de lugares son espacios de resistencia donde los valores que nos dijeron "relativos" encuentran un hogar absoluto en la casa de todos. Y donde los sonidos, las palabras y los actos revelan un mecanismo más profundo, invisible, que nos sostiene en una vida con sentido.






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