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Tao y Maestro Eckhart: experiencia del misterio. La Palabra viva más allá de la letra.

Actualizado: 7 dic 2025

Pueden compararse estos dos textos: uno del Tao Te Ching, atribuido a Lao Zi, y un fragmento de «El grano de mostaza», un poema de Meister Eckhart.


Tradiciones aparentemente distantes. Una misma experiencia del misterio.


Estos fragmentos, que cuentan con distancia de siglos y culturas, evidencian un mismo territorio interior: la experiencia del Misterio. En ese espacio no local donde la distancia no existe; el tiempo y el espacio se diluyen y todo se revela Uno. Las divisiones evidencian su artificio —países, culturas, eras, religiones y nombres—. Es una Tierra Prometida, inmaterial, donde quien llega reconoce su filiación divina y se advierte parte de una hermandad transtemporal.


Tao Teh King

Tao Teh King, Lao Tse, Cap. 20, Editorial Sirio, s.f., p. 49


El grano de mostaza. Maestro Eckhart

“El grano de mostaza”, Maestro Eckhart, El fruto de la nada, Madrid, Alianza Editorial, 2024, p. 185.


Nota: sobre las traducciones. A los fundamentalistas de las formas.


Si bien es cierto que, de una traducción a otra —o en versiones poco rigurosas—, suele perderse parte del sentido espiritual, no es menos cierto que, en última instancia, la traducción no importa.

Importa, no nos rasguemos las vestiduras. Es claro que debemos una profunda gratitud a los traductores, sin ellos no tendríamos acceso a estas joyas. Ocurre que esta “nota” es una crítica a la idolatría de la forma —no a la existencia misma de la traducción—, y a cómo, en ciertos ámbitos, se confunde la fidelidad literal con el espíritu del texto.


Un fenómeno habitual —en algunos ámbitos— es el academicismo respecto a lo eterno, en este caso, el abordaje de lo espiritual o lo trascendente como un objeto de estudio puramente intelectual, desligado de la experiencia viva.

Un maestro budista psicólogo podría sospechar que el aferramiento de una mente que aun se apega a las formas, junto con el dogma academicista y los egos de turno, suele buscar —inconscientemente— complacer al poder hegemónico de la corrección política o académica. El impulso de fondo, podría decir, suele ser un comprensible instintivo de supervivencia —más cercano al impulso animal que a una virtud trascendente—.

Una mística cristiana algo radical, tal vez, podría decir que la carencia de autoridad interior proveniente del Espíritu¹ , deviene en sometimiento a lo que se percibe como poder de turno.


La Academia sirve para lo que sirve; y lo mismo que las formas. Los datos precisos son información útil —no sabiduría— que aporta contexto temporoespacial. Son formas exotéricas llamadas a ser lo más fieles posible a la verdad, procurando la exactitud en el dato. Pero siempre al servicio de la Verdad de la que provienen, no de la forma que externa.


La paradoja que la experiencia del misterio revela es que, a menudo, la fidelidad a la forma traiciona la Verdad; y que, en ocasiones, para expresar la Verdad, hay que romper la forma.

El maestro Eckhart advertía que la experiencia del Ser es el único conocimiento que conduce a la divinidad.² Es decir, no es la traducción correcta la que acerca a la comprensión más profunda de un texto sagrado o místico—ni la mala la que aleja—, sino la experiencia interior (de quien lee).


En proceso de creación de la escritura mística el alma experimenta internamente —en el eterno espacio no local, suprahumano—. La experiencia interior, en ese momento, es una con el espíritu viviente al que ninguna palabra o forma puede asir. El sujeto debe volcarlo al mundo en palabras —las propias de su tiempo y cultura—, y así lo hace. 


Al emerger desde el oscuro abismo de la experiencia interior, esa verdad atraviesa las capas de la psique personal hasta asomarse a la superficie. Entonces, brota la experiencia en forma de palabra para exteriorizarse al mundo. Es lo mismo que decir que desciende desde el plano del Espíritu para materializarse en texto.


Es en este tránsito de lo inefable a lo dicho donde surgen tensiones inevitables. Quien lea esas palabras —en cualquier época y cultura— estará sirviéndose de las que el Espíritu hizo brotar desde la fuente misma de la experiencia. Le servirán de puente: ¿hacia qué territorio? Hacia su propia experiencia interior. He aquí una paradoja propia de ese mundo — semajante al cuántico de la ciencia— que se halla en el abismo interior.


Otra paradoja —parte de la misma—: nadie avanza en el puente de las palabras más allá de donde su experiencia lo ha situado. Tan cierto como decir que cada quien ve hasta donde sus ojos le permiten. 


Nadie —por muy erudito y fiel a las formas de su época que sea— podrá comprender cabalmente el Espíritu del Tao o las palabras de Eckhart si no anduvo el mismo abismo del que brotaronDel mismo modo, si alguien sin preparación formal hubiera alcanzado, en su experiencia interior, ese mismo territorio desde donde surgió la palabra inspirada de Eckhart o de Lao Zi, entonces, aun con una mala traducción formal, esa palabra serviría de puente suficiente para llegar adonde el Espíritu le conduce.


El texto es, a la vez, puente para cruzar y espejo que refleja la mayor profundidad de experiencia interior alcanzada. No será una traducción impecable la que garantice el acceso a la comprensión más honda de un texto, ni una traducción deficiente la que lo impida. Será la propia experiencia —interior—.


Quien traduce su vivencia del Fundamento a palabras intenta encapsular ese reventar de Amor y Locura en sintagmas y frases —sabiendo que es imposible—: la palabra es soporte, puente del Espíritu; no es el Espíritu. Y es también, espejo del alma —psique— que la interpreta.


La sempiterna confusión entre forma y substancia atrapa incluso a las almas mejor intencionadas y las aleja de la palabra que da Vida.


Dicen los que saben que quien entra en la Verdad por experiencia —aunque sea un vendedor ambulante sin formación— queda más colmado del espíritu del texto que el erudito fiel a la traducción literal, que permanece ajeno a la experiencia interior. En primer lugar, porque no se trata de palabras, sino del Espíritu que formó esa palabra, en un momento determinado. Y en segundo término, no se trata de pasar de un idioma a otro, sino de un lenguaje a otro —del suprahumano al humano, propio de una época—: el verdadero don de lenguas.


La verdad eterna desciende" desde el abismo de luz pura al mundo contingente, a la limitación de las formas —palabras, por ejemplo—. La Academia y los datos precisos son útiles para lo que son: el mundo externo, las formas, la lealtad al tiempo en que habitan —hoy—. Deberían estar al servicio del Espíritu; pero, como todo lo externo, acaban sirviendo a lo pasajero. Mañana serán olvido. 

Quienes han buscado lo eterno parecen haber encontrado en la Academia un instrumento al servicio de la Verdad. Para quienes invierten el orden —pretendiendo someter la eternidad a la institución— esto es causa de perdición y muerte de la Palabra.


___________________________________

¹ Mt 7,28-29; Mc 1,21-22; Lc 4,32; Mt 28,18. volver al texto

²  Amador Vega Esquerra, Introducción a Maestro Eckhart, El fruto de la nada, Madrid, Alianza Editorial, 2024, p. 29. volver al texto


Oscuro, en el sentido que expresan los textos expuestos: inabarcable, inasible, interior, oculto. volver al texto

2 Corintios 3,6: «El cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica» (RVR 1960). volver al texto

René Guénon, Apercepciones sobre la iniciación, cap. «El don de lenguas». volver al texto

 1 Co 12,10.28.30; 13,1.8; 14,2.4-6.18.39; Mc 16,17; Hch 2,4; 10,46; 19,6. volver al texto

*Uso de mayúsculas y minúsculas

Las mayúsculas distinguen lo trascendente (Espíritu, Verdad, Fuente) de lo derivado o manifestado en el plano material, representado en minúscula.

La excepción es Academia, con mayúscula aludiendo a la institución académica en tanto cuerpo formal de poder y referencia.

*Prefiero emplear persona o individuo en lugar de sujeto al hablar de la persona mística, porque esta —en relación con lo que intenta expresar— ya no posee lo que comúnmente llamamos subjetividad. Su psique, fundida en el Uno, se halla en un estado donde no hay «arriba» ni «abajo», ni distinción entre Dios y hombre. Sujeto (del lat. subiectus, ‘colocado debajo’, ‘sometido’) no describe su condición, pues el místico no está ya bajo nada —al menos mientras expresa su experiencia—; su subjetividad es la misma que la de Dios. Individuo (del lat. individuus, ‘indivisible’) lo empleo en sentido junguiano, entendiendo que esa totalidad psíquica que describe Jung no es otra cosa que la unión mística: la integración de Dios —lo inconsciente— en uno mismo; por tanto, si hay algo que no tiene un místico a la hora de expresar su experiencia es sujeción a nada de lo que está aquí abajo: no es un sujeto.




*Gracias por contribuir a la difusión ética del contenido.

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 © Paula César.

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