Una secta como Dios manda
- Paula César

- 28 mar
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 29 mar
Del origen al extravío: notas sobre órdenes esotéricas, símbolos y psicópatas
La Real Academia Española define secta de dos maneras: como el conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica, y como el grupo organizado en torno a un líder, generalmente aislado de influencias externas.
La palabra tiene dos posibles raíces latinas. La más aceptada por los lingüistas es sequi, «seguir»: una secta sería simplemente un conjunto de personas que siguen una doctrina o un maestro. La segunda etimología, más discutida y probablemente de origen popular, la deriva de secare, «cortar»: de ahí la idea de separación o escisión respecto a algo previo.
Es curioso que la RAE no recoja la connotación negativa que la palabra carga hoy en el uso cotidiano. Cuando alguien dice «eso es una secta», no está pensando en Aristóteles ni en los primeros cristianos. Está pensando en coerción psicológica, manipulación y ausencia de libertad. Esa carga semántica existe, es real, pero no estaba en el origen del término.
Y cuando miramos la historia con honestidad, descubrimos que casi toda gran obra doctrinal comenzó siendo, en el primer sentido —de seguir—, una secta.
El cristianismo nació como una secta del judaísmo. Un carpintero galileo que hablaba con una autoridad no propiciada por ningún rabino, rodeado de pescadores, recaudadores de impuestos y mujeres de dudosa reputación. Las autoridades religiosas lo vieron claro desde el principio: heterodoxo, incómodo y peligroso. Dos mil años después es la religión con más seguidores en el mundo.
El budismo surgió de manera similar. Un príncipe que abandonó el palacio, la esposa y el hijo recién nacido para sentarse bajo un árbol hasta comprender por qué sufren los seres humanos. Cuestionó el sistema de castas hinduista, rechazó la autoridad exclusiva de los Vedas y propuso algo escandaloso para su tiempo: que la liberación interior no era patrimonio de ninguna casta ni de ningún sacerdote. Lo que comenzó como una disidencia se convirtió en una de las grandes tradiciones sapienciales de la humanidad.
El protestantismo fue una secta del catolicismo. La leyenda cuenta que Lutero clavó sus tesis en la puerta de una iglesia —un gesto que hoy tal vez no sería más que publicar un hilo en X— sin ninguna intención de fundar una nueva iglesia. Quería reformar la existente. La institución respondió como suelen responder las instituciones: expulsándolo. La ruptura no fue su propósito sino la consecuencia lógica de ir contra el statu quo.
El sufismo es la dimensión mística y experiencial del islam. El interior de la misma religión que, en sus expresiones más ortodoxas, prefiere la norma externa a la transformación que Dios propicia en el alma. Para las corrientes más rigoristas del islam sunní, un sufí es, en el mejor de los casos, un heterodoxo. En el peor, un hereje. Rumi escribía poemas de amor a Dios y giraba en éxtasis. Comprensible que incomodara.
Dentro de las escuelas iniciáticas occidentales ocurre lo mismo. La Masonería, el Rosacrucismo, el Martinismo: cada uno nació cuando el cauce para el Espíritu se volvió insuficiente o se cerró. Ramificaciones, reelaboraciones, herejías fértiles. El conocimiento vivo no cabe mucho tiempo en estructuras muertas. El Espíritu es eterno, por eso, dinámico —spiritus, ruaj—. No puede soplar donde no hay reelaboración coherente.
De la búsqueda de la Verdad a la patocracia
Algo se repite con inquietante regularidad en todas estas ramificaciones: la tendencia a petrificarse. A olvidar el origen —el mismo Espíritu que insufló inspiración divina—. A convertir el vaso en el contenido.
En mi trayectoria vital me he formado en tres órdenes iniciáticas que se atribuían ser custodias del conocimiento Tradicional1 —perenne—. Todas lo fueron, en parte. De todas bebí algo. En todas hallé claves potentes para comprensiones que no se transmiten mediante la palabra, sino que el símbolo, como puente, canaliza directo en el interior de la conciencia. Pero en honor a la verdad, a todas las vi pervertirse: traicionar los atributos divinos de Luz, Bien, Verdad, Belleza y Justicia.
Tuve que ver cómo la psicopatía ascendía peldaños en la escalera jerárquica de cada institución —y digo tuve que ver porque fue una tortura sostenida para mi alma—. Fui testigo directo de lo que Guénon supo llamar «contra-iniciación»: la profanación de los símbolos sagrados, la inversión deliberada de su sentido.2
Vi cómo instituciones que algún día fueron encargadas de transmitir un legado vivo e ininterrumpido de verdad eterna se convertían en una patocracia3 —gobierno de psicópatas—.
Vi cómo el Adversario de la Luz tomaba los símbolos para pervertirlos y convencer a los neófitos de adorar a la oscuridad.
Y no ocurre solo en instituciones espirituales, religiosas o iniciáticas. Hoy, el ascenso e impunidad de la mentira es la norma en cualquier institución —más adelante veremos por qué—.
La debacle en un ejemplo
El damero de casillas blancas y negras es uno de los símbolos más universales de la iniciación espiritual. Representa la dualidad inherente a la existencia: luz y sombra, construcción y destrucción, sagrado y profano. Su función simbólica es invitar al iniciado a trascender esa dualidad y a ubicarse en la verdad eterna, la Unidad.
Presencié la inversión deliberada del símbolo. Su instrumentalización para inocular en las mentes neófitas la banalización del mal disfrazada de sabiduría. No la comprensión de la dualidad, ni su trascendencia experiencial, sino un deliberado enaltecimiento del mal. Discursos de quienes ostentaban títulos «honoríficos» incluyendo en sus alocuciones dentro del templo, con estudiada sutileza: «gracias a la oscuridad, gracias a los villanos, sin ellos no tendríamos aprendizaje».
Una sutileza que todo conocedor de las manipulaciones psicopáticas reconoce: el doble sentido, la ambigüedad calculada, la explotación de la ignorancia del que busca de buena fe. Y en una impunidad opaca y repugnante —como un Trump desbocado en su psicopatía creyendo, como lo hizo Lucifer, que se puede subvertir el Orden Divino, o como un asesino serial que se regodea porque las fuerzas de la ley no logran atraparlo— entre sonrisas cómplices con otros oscuros: «la verdad, es más divertido ser villano, jeje…».
La lógica, desde la sabiduría perenne
Quien conozca el concepto Tradicional de las eras cósmicas comprenderá que en la era kali-yúgica —edad de hierro— esto tiene su lógica. Nos encontramos en lo que podría denominarse «el punto más alejado de la Luz Divina»: la noche cósmica. Simbólicamente, está oscuro y hace frío. Estamos muy lejos de la Luz del día del Espíritu. Tiene lógica que las «alimañas de la noche» salgan y paseen a sus anchas.
Es comprensible. Pero para quien tiene su ser comprometido con la verdad eterna, comprender no es suficiente. El alma se ve impelida a accionar en nombre de lo que no se rinde ante el dinero ni el poder terrenal.
¿Acaso será posible la existencia de una Orden que no traicione la Luz que la inspiró? ¿Se puede custodiar el fuego sin que el custodio se queme o, peor, decida apagarlo con su propia ignorancia?
Ramón Llull, maestro del Espíritu, nos guía en el Libro de la orden de caballería. Deja claro, haciendo uso del simbolismo, cómo proteger los ideales que Dios inspira en las mentes cuando se crea una Orden y, en clave templaria, cómo brindar un camino protegido para quienes peregrinan hacia la Tierra Santa interior.

Recordemos que la caballería espiritual es un concepto Tradicional, perenne. Puede no llamarse «caballería», pero el arquetipo de la nobleza de corazón y el valor para defender ideales elevados más allá de toda adversidad atraviesan todo tiempo y lugar.
Encontramos sus símbolos en los samuráis japoneses, cuyo bushido —el camino del guerrero— es un código de honor, lealtad y muerte al ego que nada tiene que envidiar a los más altos ideales caballerescos occidentales. En el sufismo, la Futuwwa —فتوة— encarna esa misma caballería espiritual islámica, vinculada especialmente a Ibn Arabi4. Y en Occidente, la Orden del Temple —cuyo nombre completo es Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón— y los Caballeros Hospitalarios —conocidos hoy como Orden de Malta— fueron, en su origen y en su dimensión iniciática más profunda, expresiones de ese mismo ideal: el alma dispuesta a dar batalla, al servicio de la Luz de la verdad eterna, no del ego, la mentira, ni la ilusión.
«Dar batalla espiritual» no significa salir a matar a nadie. Que el símbolo haya sido literal en un determinado tiempo y espacio, y que perviva como buen símbolo en nuestra búsqueda contemporánea, no debe implicar literalización en el presente —lo cual sería otra forma de contra-iniciación—. La batalla es siempre, y antes que nada, interior: contra la pereza, la conveniencia personal y todas las artimañas del ego —el verdadero Dragón a matar—.6
Una vez ganada esa guerra santa 7, se revela la acción a desarrollar en el mundo, y el héroe eterno8 —el alma— sabe qué hacer.
Lo que podría llamarse, poéticamente, «la última iniciación» fue para mí —cómo no—una Gran renuncia. No me enteré de que había sido una prueba iniciática vital, como de costumbre, hasta aterrizar del salto de fe hacia el vacío del desapego radical. Cuando parecía que todo se había derrumbado, desperté recibida por los ángeles de la concordia, al otro lado del abismo.
¿Se puede crear —y mantener— una secta como Dios manda?
Si por «como Dios manda» entendemos «adherida a los valores primordiales, indefinidamente», la respuesta es «no». La naturaleza del plano contingente es la impermanencia. Todo cumple la Ley. Todo nace, crece, alcanza su máximo esplendor, decae y muere.
Pero si la pregunta fuera «¿cómo podría mantenerse una Orden esotérica9 lo más sana posible hasta su disolución en el plano material?» —algo así como preguntar «cómo se puede llegar a una ancianidad sana para morir con dignidad»— la respuesta la encontrará quien lea —y estudie— el Libro de la orden de caballería, de Ramón Llull. El texto que esta servidora recomendaría a todo aspirante a ingresar en una Orden de Caballería espiritual.
Así como caballero sin caballo no se conviene con el oficio de caballería, así escudero sin nobleza de corazón no se conviene con la orden de caballería; pues la nobleza de corazón fue el principio de la caballería, y la vileza de corazón es destrucción de la orden de caballero. De donde, si escudero con vil corazón quiere ser caballero, entonces quiere destruir la orden a la que aspira; y si está contra la orden, ¿por qué aspira a la orden? Y quien hace caballero a escudero de vil corazón, ¿por qué deshace su orden? 10
Y aconsejaría recordar siempre, como nos recuerda nuestro maestro Llull
Villanía (…) está en contra de caballería.11
Que Dios guíe siempre tus pasos en el sendero de la búsqueda de la verdad eterna.
«Tradicional» con mayúscula para distinguirlo de su acepción vulgar —costumbre, uso cultural— y señalar su sentido técnico y metafísico. Guénon lo formula con claridad:
«Todos los usos indebidos de la palabra “tradición” […] comenzando por el más vulgar de todos, aquel que la hace sinónimo de “costumbre” o “uso”, llevando así a la confusión de la tradición con las cosas más banalmente humanas y completamente desprovistas de cualquier sentido profundo. Pero hay otras deformaciones más sutiles, y por ello más peligrosas; todas ellas tienen, además, como característica común hacer descender la idea de tradición a un nivel puramente humano, mientras que, por el contrario, solo puede haber algo verdaderamente tradicional en aquello que implica un elemento de orden suprahumano.» (R. Guénon, El reino de la cantidad y el signo de los tiempos, capítulo «Tradición y Tradicionalismo».) Volver al texto.
Véanse R. Guénon, El reino de la cantidad y el signo de los tiempos, caps. 29, 37 y 39.Volver al texto.
Véase Andrew Lobaczewski, La ponerología política: Una ciencia de la naturaleza del mal adaptada para propósitos políticos. Obra de referencia sobre la infiltración de la psicopatía en las estructuras de poder. Volver al texto.
Véase Ibn Arabi, Textos sobre la caballería espiritual. Volver al texto.
Véase R. Guénon, Apreciaciones sobre el esoterismo cristiano, capítulo sobre el Don de Lenguas. Volver al texto.
Véase Antonio Medrano, La lucha contra el Dragón. Volver al texto.
Véase Rumi, Masnavi: «¿Qué es la “decapitación”? Matar el alma carnal en la guerra santa». citado en El héroe de las mil caras, Joseph Campbell. Volver al texto.
Véase Joseph Campbell., El héroe de las mil caras. Volver al texto.
9 «Esotérica» en su sentido Tradicional: interior, iniciática. Volver al texto.
10 y 11 Ramón Llull, Libro de la orden de caballería, Alianza Editorial, Madrid, 2021. Publicación original: 1275. Volver al texto.
*Atendiendo a lo que señala René Guénon en El reino de la cantidad y el signo de los tiempos, caps. 29, 37, 39 y 40, toda orden moderna debe, necesariamente, caer bajo sospecha. Lo más evidente es que ninguna de las que puedan atribuirse los nombres con los que nacieron —ni templarios, ni masones, ni hospitalarios, ni rosacruces— representa hoy el ideal luminoso del que surgió en su origen histórico, ni una vía segura hacia Tierra Santa. Por el contrario, atendiendo a los datos más recientes en ponerología política, es del todo probable que estén igualmente infiltradas todas por agentes opositores de la Luz —psicópatas, narcisistas, buscadores del beneficio personal, de contactos e influencias—. Como advierten especialistas de la psicología y la psiquiatría modernas, los psicópatas se insertan en toda estructura donde se pueda detentar poder y obtener beneficios personales. Quienes quieran buscar un camino en esa dirección hoy en día, que estén advertidos, y mejor estudien el fenómeno de la «psicopatía cotidiana» con profundidad antes.
En cuanto a la «fuerza opositora de la Luz», debe aclararse que este símbolo solo sirve para referirnos al plano de la existencia —dual y contingente—. El sustrato ontológico, la Unidad, es aquello a lo que nada puede oponerse. En términos alquímicos, el spiritus universalis, la propia «substancia» del universo.
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© Paula César.
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