Una secta como Dios manda
- Paula César

- 28 mar
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 1 may
Del origen al extravío: notas sobre órdenes esotéricas, símbolos y psicópatas
Cuando alguien dice «eso es una secta», no está pensando en Aristóteles ni en los primeros cristianos. Está pensando en coerción psicológica, manipulación y ausencia de libertad. Esa carga semántica existe, es real, pero no estaba en el origen del término.
Curiosamente, la Real Academia Española de la lengua no recoge la connotación negativa que la palabra carga hoy en el uso cotidiano. Define secta de dos maneras: como el conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica, y como el grupo organizado en torno a un líder, generalmente aislado de influencias externas.
La palabra tiene dos posibles raíces latinas. La más aceptada por los lingüistas es sequi, «seguir»: una secta sería simplemente un conjunto de personas que siguen una doctrina o un maestro. La segunda etimología, más discutida y probablemente de origen popular, la deriva de secare, «cortar»: de ahí la idea de separación o escisión respecto a algo previo.
Y cuando miramos la historia con honestidad, descubrimos que casi toda gran obra doctrinal comenzó siendo, en el primer sentido —de seguir—, una secta.
El cristianismo nació como una secta del judaísmo. Un carpintero galileo que hablaba con una autoridad no propiciada por ningún rabino, rodeado de pescadores, recaudadores de impuestos y mujeres de dudosa reputación. Las autoridades religiosas lo vieron claro desde el principio: heterodoxo, incómodo y peligroso. Dos mil años después es la religión con más seguidores en el mundo.
El budismo surgió de manera similar. Un príncipe que abandonó el palacio, la esposa y el hijo recién nacido para sentarse bajo un árbol hasta comprender por qué sufren los seres humanos. Cuestionó el sistema de castas hinduista, rechazó la autoridad exclusiva de los Vedas y propuso algo escandaloso para su tiempo: que la liberación interior no era patrimonio de ninguna casta ni de ningún sacerdote. Lo que comenzó como una disidencia se convirtió en una de las grandes tradiciones sapienciales de la humanidad.
El protestantismo fue una secta del catolicismo. La leyenda cuenta que Lutero clavó sus tesis en la puerta de una iglesia —un gesto que hoy tal vez no sería más que publicar un hilo en X— sin ninguna intención de fundar una nueva iglesia. Quería reformar la existente. La institución respondió como suelen responder las instituciones: expulsándolo. La ruptura no fue su propósito sino la consecuencia lógica de ir contra el statu quo.
En el caso del sufismo, la dimensión esotérica del islam, es la vía interior de la misma religión que, en sus expresiones más ortodoxas, prefiere la norma externa a la transformación que Dios propicia en el alma. Para las corrientes más rigoristas del islam sunní, un sufí es, en el mejor de los casos, un heterodoxo. En el peor, un hereje. Rumi escribía poemas de amor a Dios y giraba en éxtasis. Comprensible que incomodara.
Dentro de las escuelas iniciáticas occidentales ocurre lo mismo. La Masonería, el Rosacrucismo, el Martinismo: cada uno nació cuando el cauce para el Espíritu se volvió insuficiente o se cerró. Ramificaciones, reelaboraciones, herejías fértiles. El conocimiento vivo no cabe mucho tiempo en estructuras muertas. El Espíritu es eterno, por tanto, dinámico —spiritus, ruaj—. No puede soplar donde no hay reelaboración coherente.
De la búsqueda de la Verdad a la patocracia
Algo que se repite con inquietante regularidad en todas estas ramificaciones es la tendencia a petrificarse. A olvidar el origen —el Espíritu que insufló la inspiración divina—. A convertir el vaso en el contenido.
En mi trayectoria vital he pasado por tres órdenes iniciáticas. Solo una de ellas me abrió el Camino y brindó las condiciones que el alma necesita para allegarse a la Verdad — conocimiento, orden, disciplina y obediencia a algo mayor que las fantasías e impertinencias del ego—. Todas se atribuían ser custodias del conocimiento Tradicional1 —perenne—. Y todas lo fueron, en parte. En ellas encontré claves para comprender lo que no puede transmitir la palabra, sino que el símbolo, como puente, canaliza directo en el interior de la conciencia. Pero en honor a la verdad, a todas las vi pervertirse y traicionar los atributos divinos de Luz, Bien, Verdad, Belleza y Justicia.
Tuve que ver cómo la psicopatía ascendía peldaños en la escalera jerárquica de cada institución —y digo tuve que ver porque fue una tortura sostenida para mi alma—. Desde la cúpula fui testigo directo de lo que Guénon supo llamar «contra-iniciación»: la profanación de los símbolos sagrados, la inversión deliberada de su sentido.2
En resumen, vi cómo instituciones que algún día fueron encargadas de transmitir un legado vivo e ininterrumpido de verdad eterna se convertían en una patocracia3 —gobierno de psicópatas—. Observé anonadada cómo el Adversario de la Luz tomaba los símbolos para pervertirlos y convencer a los neófitos de adorar a la oscuridad.
No ocurre solo en instituciones espirituales, religiosas o iniciáticas. Hoy, el ascenso e impunidad de la mentira es la norma en cualquier institución —más adelante veremos por qué—.
La profanación del símbolo
El damero de casillas blancas y negras, como símbolo, representa la dualidad inherente a la existencia: luz y oscuridad, construcción y destrucción, sagrado y profano. Su función simbólica es invitar al iniciado a trascender esa dualidad y a ubicarse en la verdad eterna, la Unidad.
Presencié la inversión deliberada del símbolo. Su instrumentalización para inocular en las mentes neófitas la banalización del mal disfrazada de sabiduría. No la comprensión de la dualidad, ni su trascendencia experiencial, sino un deliberado enaltecimiento del mal. Discursos de quienes ostentaban títulos «honoríficos» incluyendo en sus alocuciones dentro del templo, con estudiada sutileza: «gracias a la oscuridad, gracias a los villanos, sin ellos no tendríamos aprendizaje».
Una sutileza que todo conocedor de las manipulaciones psicopáticas reconoce: el doble sentido, la ambigüedad calculada, la explotación de la ignorancia del que busca de buena fe. Y en una impunidad opaca y repugnante —creyendo, como Lucifer4, que se puede subvertir el Orden Divino— entre sonrisas cómplices con otros oscuros: «en verdad, es más divertido ser villano, jeje…».
La lógica, desde la sabiduría perenne
En el concepto Tradicional de las eras cósmicas, en la era kali-yúgica —edad de hierro— esto tiene su lógica. Nos encontramos en lo que podría denominarse «el punto más alejado de la Luz Divina»: la noche cósmica. Simbólicamente está oscuro y hace frío. Estamos muy lejos de la Luz diáfana del Espíritu. Tiene lógica que las «alimañas de la noche» salgan y paseen a sus anchas.
Pero que sea comprensible no es suficiente para quien tiene su ser comprometido con la verdad eterna. El alma se ve impelida a accionar en nombre de lo que no se rinde ante el dinero ni el poder terrenal.
La pregunta es inevitable. ¿Acaso es posible la existencia de una Orden que no traicione la Luz que la inspiró? ¿Se puede custodiar el fuego sin que el custodio se queme o, peor, decida apagarlo con su propia ignorancia?
Ramón Llull, maestro del Espíritu, nos guía en el Libro de la orden de caballería. Deja claro, haciendo uso del simbolismo, cómo proteger los ideales que Dios inspira en las mentes cuando se crea una Orden y, en clave templaria, cómo brindar un camino protegido para quienes peregrinan hacia la Tierra Santa interior.

Recordemos que la caballería espiritual es un concepto Tradicional, perenne. Puede no llamarse «caballería», pero el arquetipo de la nobleza de corazón y el valor para defender ideales elevados más allá de toda adversidad, atraviesan todo tiempo y lugar. Encontramos sus símbolos en los samuráis japoneses, cuyo bushido —el camino del guerrero— es un código de honor, lealtad y muerte al ego que nada tiene que envidiar a los más altos ideales caballerescos occidentales. En el sufismo, la Futuwwa —فتوة— encarna esa misma caballería espiritual islámica, vinculada especialmente a Ibn Arabi5. Y en Occidente, la Orden del Temple —cuyo nombre completo es Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón— y los Caballeros Hospitalarios —conocidos hoy como Orden de Malta— fueron, en su origen y en su dimensión iniciática, expresiones de ese mismo ideal: el alma dispuesta a dar batalla, al servicio de la Luz de la verdad eterna, no del ego, la mentira, ni la ilusión.
¡Que no se profanen los símbolos! Que seamos asistidos por el Don de Lenguas.6 «Dar batalla espiritual» no significa salir a matar a nadie. Que el símbolo haya sido literal en un determinado tiempo y espacio, y que perviva como buen símbolo en nuestra búsqueda contemporánea, no debe implicar literalización en el presente —lo cual sería otra forma de contra-iniciación—. La batalla es siempre, y antes que nada, interior: contra la pereza, la conveniencia personal y todas las artimañas del ego —el Dragón a matar—.7
Una vez ganada esa guerra santa8, se revela la acción a desarrollar en el mundo, y el héroe eterno9 —el alma— sabe qué hacer.
Lo que podría llamar poéticamente «la última iniciación» fue para mí —cómo no— la Gran renuncia. No me enteré de que había sido una prueba iniciática vital, como de costumbre, hasta aterrizar del salto de fe hacia el vacío del desapego radical. Cuando parecía que todo se había derrumbado, desperté recibida por los ángeles de la concordia, al otro lado del abismo.
¿Se puede crear —y mantener— una secta como Dios manda?
Si por «como Dios manda» entendemos «adherida a los valores primordiales, indefinidamente», la respuesta es «no». La naturaleza del plano contingente es la impermanencia. Todo cumple la Ley. Todo nace, crece, alcanza su máximo esplendor, decae y muere.
Pero si la pregunta fuera «¿cómo podría mantenerse una Orden esotérica10 —Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam— lo más sana posible hasta su disolución en el plano material?» —algo así como preguntar «cómo se puede llegar a una ancianidad sana para morir con dignidad»— la respuesta la encontrará quien lea —y estudie— el Libro de la orden de caballería, de Ramón Llull. El texto que esta servidora recomendaría a todo aspirante a ingresar en una Orden de Caballería espiritual.
Así como caballero sin caballo no se conviene con el oficio de caballería, así escudero sin nobleza de corazón no se conviene con la orden de caballería; pues la nobleza de corazón fue el principio de la caballería, y la vileza de corazón es destrucción de la orden de caballero. De donde, si escudero con vil corazón quiere ser caballero, entonces quiere destruir la orden a la que aspira; y si está contra la orden, ¿por qué aspira a la orden? Y quien hace caballero a escudero de vil corazón, ¿por qué deshace su orden?11
Y aconsejaría recordar siempre, como nos recuerda nuestro maestro beato
Villanía (…) está en contra de caballería.12
Que Dios guíe siempre tus pasos en el sendero de la búsqueda de la verdad eterna.
«Tradicional» con mayúscula para distinguirlo de su acepción vulgar —costumbre, uso cultural— y señalar su sentido técnico y metafísico. Guénon lo formula con claridad:
«Todos los usos indebidos de la palabra “tradición” […] comenzando por el más vulgar de todos, aquel que la hace sinónimo de “costumbre” o “uso”, llevando así a la confusión de la tradición con las cosas más banalmente humanas y completamente desprovistas de cualquier sentido profundo. Pero hay otras deformaciones más sutiles, y por ello más peligrosas; todas ellas tienen, además, como característica común hacer descender la idea de tradición a un nivel puramente humano, mientras que, por el contrario, solo puede haber algo verdaderamente tradicional en aquello que implica un elemento de orden suprahumano.» (R. Guénon, El reino de la cantidad y el signo de los tiempos, capítulo «Tradición y Tradicionalismo».) Volver al texto.
Véanse R. Guénon, El reino de la cantidad y el signo de los tiempos, caps. 29, 37, 39 y40 .Volver al texto.
Véase Andrew Lobaczewski, La ponerología política: Una ciencia de la naturaleza del mal adaptada para propósitos políticos. Obra de referencia sobre la infiltración de la psicopatía en las estructuras de poder. Volver al texto.
Cf. la tradición patrística sobre la caída de Lucifer, desarrollada especialmente por Agustín de Hipona en La Ciudad de Dios.
Véase Ibn Arabi, Textos sobre la caballería espiritual. Volver al texto.
Véase R. Guénon, Apreciaciones sobre el esoterismo cristiano, capítulo sobre el Don de Lenguas. Volver al texto.
Véase Antonio Medrano, La lucha contra el Dragón. Volver al texto.
Véase Rumi, Masnavi: «¿Qué es la “decapitación”? Matar el alma carnal en la guerra santa». citado en El héroe de las mil caras, Joseph Campbell. Volver al texto.
9 Véase Joseph Campbell., El héroe de las mil caras. Volver al texto.
10 «Esotérica» en su sentido Tradicional: interior, iniciática. Volver al texto.
11 y 12 Ramón Llull, Libro de la orden de caballería, Alianza Editorial, Madrid, 2021. Publicación original: 1275. Volver al texto.
*Atendiendo a lo que señala René Guénon en El reino de la cantidad y el signo de los tiempos, caps. 29, 37, 39 y 40, toda orden moderna debe, necesariamente, caer bajo sospecha. Lo más evidente es que ninguna de las que se atribuyen los nombres con los que nacieron —ni templarios, ni masones, ni hospitalarios, ni rosacruces— representa hoy, en la práctica ética, el ideal luminoso del que surgió en su origen histórico, ni una vía segura hacia la Tierra Santa interior. Por el contrario, atendiendo a los datos más recientes en ponerología política, es del todo probable que estén igualmente infiltradas todas por agentes opositores de la Luz —psicópatas, narcisistas, buscadores de beneficio personal, contactos e influencias—. Como advierten especialistas de la psicología y la psiquiatría modernas, los psicópatas se insertan en toda estructura donde se pueda detentar poder y obtener beneficios personales. Quienes quieran buscar un camino en esa dirección hoy en día, que estén advertidos, y mejor estudien el fenómeno de la «psicopatía cotidiana» con profundidad antes.
En cuanto a la «fuerza opositora de la Luz», debe aclararse que este símbolo solo sirve para referirnos al plano de la existencia —dual y contingente—. El sustrato ontológico, la Unidad, es aquello a lo que nada puede oponerse. En términos alquímicos, el spiritus universalis, la propia «substancia» del universo.
Ilustración: cubierta El libro de la orden de caballería. Ramon Llull. (San Mauricio caballero. Libro de Horas de finales del siglo XIV (The British Library, Londres).
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© Paula César.
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